Nacional
María Auxiliadora bajo el cielo de fuego
de Huancayo
sábado, 26 de Mayo 2012 | 10:25 am
Devoción por la virgen María Auxiliadora
Cada 24
de mayo, las principales calles de la ciudad de Huancayo se cierran y los
devotos de la virgen
María Auxiliadora cubren de flores la calzada
por donde pasará la procesión.
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Aunque las procesiones ya no son
multitudinarias como en el pasado, el fervor es el mismo. Las alfombras de
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flores y aserrín teñido de colores cubren
el suelo con bellas figuras.
Dicen que los santos
para todos son. Y eso mismo se puede decir de María
Auxiliadora, la virgen para la que los
Salesianos han hecho de Huancayo su
territorio.
Cada 24
de mayo, en tanto algunas de las principales calles de la ciudad de Huancayo se
cierran y los
devotos
de la virgen cubren de flores la calzada por donde pasará la procesión que
lleva en andas a María Auxiliadora, Ramiro Guzmán ha hecho los preparativos en
el instituto donde trabaja, y ha involucrado en ello
desde a aquellos de la máxima jerarquía hasta
a los que asisten únicamente unas pocas horas por semana.
Para Ramiro, María Auxiliadora es su salvadora desde que, en su
niñez, lo sanó de una dolencia que
amenazaba
matarlo. Sin explicación aparente, el tejido canceroso de su piel empezó a
retroceder hasta t
erminar
por desaparecer.
A las
tres de la tarde la procesión parte del colegio Salesiano Santa Rosa -donde
Ramiro ha estudiado toda su vida y laboró parte de sus mejores años como
maestro- y marcha por el frontis hasta el jirón Junín, seguido por
cientos
de devotos.
Aunque
las procesiones ya no son multitudinarias como en el pasado, el fervor es el
mismo. Las alfombras
de
flores y aserrín teñido de colores cubren el suelo con bellas figuras. Son, a
su modo, pequeñas y fugaces
obras de arte.
Cada
virgen tiene su propia historia en las tierras serranas: una misteriosa
aparición en algún paraje, donde
los lugareños le edificaron un templo, y con
los años toda una tradición de fe, misticismo y un poco de
leyenda.
En el caso de María Auxiliadora, ella marcha llevando el auxilio divino a los
hombres y la defensa
de la
convicción cristiana.
Esa
mañana Ramiro ha pedido a un sacerdote que oficie una ceremonia en el patio del
instituto. Una réplica
de María Auxiliadora, pequeñita, fabricada en
Turín y bendecida hace años en el Vaticano por el propio
Juan
Pablo II, recorre cada oficina y salón de clases, donde la reciben con flores
de colores y pétalos de
rosas
en un altar pequeñito montado horas antes.
En cada
parada hay una alfombra, y erguido hacia el cielo, un castillón de carrizo,
armado de bengalas,
que al estallar se quemará en miles de colores
luminosos bajo la noche huancaína.
Para el
joven intelectual Luis Puente de la Vega, hasta hace poco alumno salesiano,
creer en la virgen era
más que un falso ímpetu de santidad, era creer
en lo que ella significaba, “era una forma de esperanza que
daba
más valor a una existencia menospreciada”. Y agrega que “era parte de la
euforia que se sentía año a
año, contagiada de los alumnos de la promoción
al celebrar la fiesta de María Auxiliadora. Era difícil no
amar
algo así”.
Al
llegar a la calle Real, la procesión gira hacia el norte. Decenas de jovencitos
salesianos, vestidos de
camisa
negra y una corbatita de lazo ploma, llevan una larga cuerda, asida con fuerza
para evitar que los
transeúntes
se cuelen al interior de la procesión. Estallan los juegos artificiales y la
virgen continúa hasta el
colegio
María Auxiliadora, adonde llega cuando ya es noche cerrada.
Ramiro
ve, emocionado, pasar a María Auxiliadora sobre la alfombra que ha dibujado
sobre el suelo desde
el
mediodía. Palpa la cicatriz que el cáncer dejó en su piel durante su niñez, y
vuelve a rezar, agradecido a
la
virgen que retorna para descansar hasta el año próximo.
Por: Juan Carlos Suárez
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